Se explora una cierta organicidad del trazo a mano alzada, enjaulado en una celda sólida que lo contiene y, al mismo tiempo, lo hace vibrar. Lo orgánico encajonado en la máquina: un gesto blando atrapado en la dureza. El trazo se repite hasta perder identidad. No es cuerpo ni estructura, sino la fricción entre ambos. Una declaración mínima contra la pureza.